Tiempos de cuarentena
Han llegado tiempos de
añorar, de echar de menos.
Intentamos llenar el
vacío que sentimos en las manos, por no poder tocar a quiénes queremos, tecleando
te quieros que siempre estuvieron presos dentro de nosotros y que nunca nos atrevimos
a dejar escapar de los labios. También intentamos sustituir el brillo que nos
transmitían los ojos de esas personas por la luz artificial de las pantallas, y
lanzamos besos al aire esperando que éste los haga llegar a sus destinatarios.
Ahora es cuando nos damos
cuenta de que los sonidos que nos invadían los oídos en aquellas tardes con
sabor a cerveza fría y olor a bares no eran simples voces y risas, eran la
banda sonora de nuestra vida, que, sin apenas saberlo, se había convertido en
nuestra canción favorita. Ahora es cuando nos apetece leer, leer a las
personas, escuchar esas historias viejas que retumbaban en las paredes del
salón en las comidas familiares, volver a leer en braille, con caricias, los
versos aliquebrados que se ahogaban en lágrimas que intentábamos secar.
¿Quién nos devolverá todo
el tiempo que nos debemos? Las horas pasan sin ni siquiera detenerse a pedir
perdón, a disculparse por el miedo y la incertidumbre que dejan a su paso. Ahora
la ventana desde la que vemos el mundo se limita a ser la ventana de nuestra
casa, algunos ni siquiera pueden permitirse el lujo de ver esta función a través
de un cristal. Ahora los superhéroes no llevan capa, llevan batas, guantes,
mascarillas, uniformes e incluso escobas. Por fin escuchamos aplausos que no
van dirigidos a un gol, que se dirigen a esas personas que llevan siendo héroes
toda su vida, pero que ahora son soldados que luchan en esta guerra en la que en
el otro bando hay algo que, sin ni siquiera verlo, ha convertido los besos en
el arma más peligrosa.
Pero quizá esto es lo que
necesitábamos, un golpe fortuito al reloj, una señal de “stop” que nos hiciese
dejar de caminar siempre hacia el mismo lado, pararnos a mirar la vida y no
solo verla pasar. Quizá nos hayamos dado cuenta de que no importa de dónde
vengamos, que al final todos acabamos siendo pedazos de papel sobrevolando una
hoguera e intentando esquivar el fuego, viendo como algunos se van convirtiendo
en cenizas.
Tal vez nos haya hecho falta
una pandemia para darnos cuenta de que, a veces, el virus más despiadado somos
nosotros.
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